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A José Luna


















(Fotografía tomada de internet)

Esto también pasará, padre.

¿Tienes miedo a la muerte?, y quién no, me respondes.
"He perdido en tan poco tiempo a mis tres hermanas, a mis amigos, y siento que estoy en la orilla de una tumba y tambaleo, me columpio, sólo falta que alguien sople fuerte y caiga, y comiencen a echar puños de tierra sobre mí."
¡Tienes miedo y quién no!

Yo lo que temo es perderte. Perder tu amor por la vida, la tierra, el cielo. Me enseñaste a amar con  tu amor que no concibo imaginarme sin tus ojos que van más allá del horizonte, más dentro de los frutos de la milpa,  más cerca de las estrellas y de todo lo que se mueve en el firmamento.
Verdad que lo que más extrañas es aquella casa en el rancho, los sembradíos, la cosecha, el sombrero en la mano, nuestras caminatas, el campo de beisbol, los paseos.  Tus hijos no olvidamos cuando feliz nos metías a todos en el coche y nos llevabas sin rumbo, como "La familia Burrón".  Nos asomábamos por las ventanas y sólo se veían las narices. Qué tiempos aquellos y sé que los extrañas, que te gustaría tener 30 años menos y llevarte a pasear ahora a los nietos y bisnietos a comer mangos y ciruelas, y sandías tan grandes, que apenas podíamos con ellas, pero ya no puedes, padre, ahora tienes ochenta y cuatro años y tus reflejos no son los mismos.

No temas, papá. Estamos todos contigo, cerca como entonces, con nuestro amor cerca, aunque no físicamente como tú quisieras. Nos tuvimos que ir de ti y sé que te dolió siempre, lo sé tan bien porque ahora sé lo que se siente, no lo pudiste superar y ahora nos reclamas y lloras, pero ¿qué podíamos hacer? Extrañas nuestras charlas bajo el mango, bajo el manto de la noche, mirando la luna. Te duele el pasado porque no pudiste controlarlo, te agobia el presente que te arrebata la lucidez de mi madre con la que ya no puedes platicar de tus anécdotas ni hacer planes, solo escuchar su recurrente e incomprensible plática, le temes al futuro porque sabes que hay un final que se acerca, el de ella o el tuyo, el de ambos. Quiero pensar que aún te falta mucho tiempo con nosotros, tienes una gran familia que te ama, no sólo por lo que eres sino por lo que has sembrado, por tu historia grandiosa, desde tu infancia ennegrecida por el carbón que mi abuelo te enviaba a vender a la ciudad hasta tu vejez sin dientes por todo el dulce que comiste y el pan que le robabas a la abuela.

No temas padre. Aún falta mucho por hacer. Me lo dicen tus ojos que sonríen a la menor provocación y también  tus manos que aún sueñan con arar poemas.

Descansa, olvídate del miedo, que yo estaré ahí cuando me necesites.

Victoria Luna

1 comentario:

Becky dijo...

Awwwchch como duele cuando los hijos se van .............ahora lo entendemos pues en un pasado no muy lejano fuimos hijos y partimos .Ahora somos padres y la vida nos cobra la factura.......