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Un día inolvidable



Qué hermosa es la Ciudad de México de noche y vista desde una terraza en sexto piso. Mirar es uno de mis pasatiempos favoritos, de cerca y de lejos, como escudriñando cada espacio, descubriendo detalles, inventando historias. Las luces navideñas en los edificios y calles ofrecían una imagen agradable en vísperas de Nochebuena, y a lo lejos la luna posando sobre la montaña, luciendo su reflejo a pesar de las luces de la gran ciudad. La luna tiene su propio encanto, nada la opaca, ni el eclipse que habrá dentro de unos días, estoy segura.
Me gusta la noche más que el día, no sé si esto sea sólo por la luna y las estrellas o por los sonidos propios, que se escuchan mejor porque no hay tanto bullicio y entonces uno puede imaginarse cosas, casos, sueños. Y ahí estábamos mi familia y yo disfrutando y comentando mi regalo de Navidad: la entrada al Cirque du Soleil  Luzia para todos, un espectáculo mágico e inolvidable de luces, color, emociones hasta la lagrima que se escapó furtivamente!












Mi Pequeño nieto mantuvo la atención, con sus ojos sorprendidos, su sonrisa, su rostro feliz y mi hija con esa manera que tiene de ver las cosas, sin perder detalle y de emocionarse hasta contagiarnos. Siempre me ha maravillado  esa forma de manifestar sus emociones, con tanta claridad y contundencia. Mi yerno captando las mejores  imágenes con su hijo en brazos para que pudiera ver mejor y mi esposo con la sensibilidad a flor de piel sin saber hacia dónde mirar, acaparando lo más posible del espectáculo. Sabía que cada uno disfrutaría a su manera el circo, y qué circo! Inolvidable día. Toca decir lo que sentí. Ese día me sentí muy feliz, y este adjetivo lo abarca todo, hasta mi caminar que se hizo ligero, incansable, alegre. Estar con los míos, todos juntos, es lo que más disfruto, aunque esta vez con una ausencia que extrañé, pero no mucho porque sabía que mi hijo estaba disfrutando también de otro paisaje hermoso.

A veces quisiera retener la felicidad más tiempo, la euforia, la charla amena compartiendo pan y vino con un poco de jamón, queso y unos tragos de mezcal para cerrar el día.
Vivir intensamente la alegría con todos los sentidos, con el corazón pleno, con la mirada jugando a enriquecer las emociones.

Pero surgió lo inesperado, una llamada casi a medianoche cambió al lado contrario los sentimientos, y digo inesperado por decirlo de alguna manera, la verdad es que ya lo esperaba. Y como dije antes, el día se volvió inolvidable doblemente.
Esa noche para amanecer el veinticuatro de diciembre, todo cambió, mi madre se dispuso a tomar otras manos amorosas para dejarse llevar a un nuevo sitio, para volar como las aves a las que siempre amó, a sembrar nuevas semillas en otros jardines, a irse para siempre.
Pienso que mi mami siempre quiso tener alas.
Cómo se puede en un mismo día tener sentimientos tan encontrados. Felicidad y dolor, alegría y tristeza, compañía y soledad, cercanía y distancia.
Y entonces, aquella plática bulliciosa, se convirtió en un silencio frágil, un silencio helado que me invadió bruscamente y se quedó en mi pecho anidado, no hubo abrazo cálido que me quitara ese frío que aún me cala.

Aquellas lágrimas apenas contenidas en el espectáculo de mediodía, esta vez corrieron libres por motivos claros. ¡A mis lágrimas le salieron alas, madre, como a tus sueños!
Esa noche te deshiciste en pétalos y tardaré toda la vida en recogerlos.